La invasión de los ladrones de privacidad



Hace unas décadas, el panorama cultural europeo se vio sacudido por la aparición de una extensa Historia de la vida privada. Gracias a ella, aprendimos que vida privada, lo que se dice vida privada, no se conoció en Occidente hasta la Edad Moderna y, además, como un privilegio de las clases dominantes. Con el paso de los siglos, sin embargo, la privacidad dejó de ser privilegio de unos pocos y empezó a convertirse en un derecho al que aspiraba la gran mayoría de los seres humanos. Se acabó eso de vivir, y morir, en público, siempre expuestos a la mirada de los otros. El dicho de que “mi casa es mi castillo” refleja bien ese estado de cosas que se generalizó durante el siglo xx.


Esta generalización, sin embargo, despertó pronto la suspicacia de los regímenes fascistas y totalitarios que vieron en la privacidad un riesgo, ya que les hurtaba el control de la población. Delatores, registros sistemáticos, espionaje, intervención de las comunicaciones… fueron algunos de los métodos utilizados por las policías secretas de todos esos regímenes para anular esa privacidad tan peligrosa. ¿Y en los momentos presentes? En nombre de  variados principios, la gran mayoría de los países (incluidos los formalmente demócratas) invaden nuestra privacidad con procedimientos cada vez más sofisticados: cámaras de vídeo, satélites, troyanos, barridos sistemáticos de las redes sociales… Sin abandonar por ello, claro está, los métodos de “toda la vida”.


¿Nos rebelamos contra este estado de cosas o, por el contrario, lo aceptamos como algo inevitable, un mal menor a lo sumo? Cada uno de nosotros tiene la respuesta, su respuesta. En cualquier caso, se trata de un tema que está al cabo de la calle. Un tema sobre el que el teatro contemporáneo hace bien en reflexionar críticamente con esa multiplicidad de enfoques que solo el arte teatral es capaz de movilizar, como podremos comprobar en esta convocatoria de Russafa Escènica.


Josep Lluís Sirera

SOBRE LA INVASIÓN DE LA PRIVACIDAD

por Josep Lluís Sirera